domingo, 25 de marzo de 2018

"El cazador de tontos" anda suelto


¡Sí! Ya está a la venta mi libro El cazador de tontos. Disponible en e-book. ¿Qué de qué va? Atiende:




¿Has ido a aparcar y en la plaza que ibas a ocupar no puedes meter el coche porque otro conductor ha aparcado mal el suyo? ¿Has ido caminando por una calle bien ancha y no puedes avanzar cómo te gustaría por ella porque un grupo de tres personas les da por andar despacio mientras ocupan el máximo ancho posible? El cazador de tontos dará con ellos y los aniquilará. Dedica su vida a eliminar a esos tontos con los que nos cruzamos cada día en su solitaria y poco apreciada misión.

Barcelona, años de la desaceleración económica. Un cartero, en una época complicada de su vida, decide cumplir una peculiar y delictiva misión por propia voluntad. Un inspector de policía algo extravagante le ira dando caza. Un siniestro y pasional chaval se inmiscuirá en la historia de ambos. Una comedia negra donde todos luchan por ver quién consigue antes su objetivo.

Disponible en LulúAmazon y en Casa del libro. ¡¡Consíguelo!!

Microrelatos varios


¿Qué hace ahí fuera Lucas arañando la ventana? Quizá no entienda que el cristal es transparente como el aire. A veces cuesta hacer amigos; por eso su padre le regaló lo que le pidió. Quiso ser el mejor ante unos chavales; ganarse su admiración. Se elevó bien alto en aquel semicírculo para acrobacias. Venció a la gravedad por unos instantes. Hay quien dice que para ganar hay que arriesgar. Pero a veces se gana y a veces se pierde.

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De la rutina insípida de su oficina creció la última angustia. Solo el tiempo la mataría. Un ojo en la pantalla y otro en papeles y reloj. La pierna izquierda rebotaba sin parar. Una mano en el teclado y la otra entre las teclas, ratón y formularios. El remo grande nos llevaría a puerto en dos vueltas. El centurión se preparaba para marcharse. Solo una vuelta más. Los dos ojos en el reloj. Con tranquilidad él se fue. Una remada más y, por fin, se acabó el viaje. Entonces debía afrontar que me quedaría en tierra por mucho tiempo.

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Por fin quietas. Pensé en atarlas, graparlas, dormirlas, incluso emborracharlas mientras sonreía. No me hacían ni caso. Cuando logramos que una estuviese quieta, la otra saltaba de las rodillas de su madre para toquetear mis instrumentos. Uno de mis valiosos focos acabó por los suelos. Sus padres no hacían nada y yo ansiaba darle una buena reprimenda. Les pedí de buenas que amarrasen a sus bestias que exploraban mi estudio. Así que abrí el cajón de mi escritorio. Chantajeé a las idénticas con un par de piruletas si conseguíamos acabar con aquella foto familiar. Solo faltaba pulsar el botón.

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Encuentro junto a su reloj unos números grabados en su piel. Lo extraigo y aparece otro número. Aparenta ser una fecha. En el informe de la autopsia no lo apunto.  ¿Sera algún símbolo por ser jefe de la mafia? Debía recoger una camisa en la tintorería. Programo el GPS para llegar allí. Entonces vi la opción de colocar coordenadas. Introduzco los números del cadáver. Me lleva a una curva en las afueras. Excavo en un lugar sin hierba. Me encuentro un baúl con pasaportes, cuentas bancarias y hermosos fajos de billetes. Ya me compraré una camisa en el Caribe.

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Se entrenaban para estar muertos. Jacinto se estiraba en la cama mientras su hermano rezaba por su alma. Al rato le tocaba a José estirarse con los ojos cerrados y Jacinto le rendía duelo. Querían saber como los despediría el mundo. Sabían de sobra que si el cielo los llamase solo su otro hermano les consolaría. Y es que aquellos gemelos se ganaron la enemistad con todo el pueblo con sus palabrotas, engaños y malos modales. Llegó un día en que un camión pinchó un neumático y se llevó por delante a los dos. Entonces nadie lloró por ellos.

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Aquella tarde, papá, regresó a la tumba entristecido. Camuflado de vagabundo, hizo guardia cerca del portal de su casa.  Vio a su familia, un mes después del entierro. Aún seguían tristes. Sus esfuerzos eran en vano. Se coló por una puerta trasera del cementerio, antes de que cerraran. Comenzó a dudar si eligió bien. Abrió su ataúd. Del doble fondo sacó más pastillas y suero. Se estiró dentro. Su cómplice de la pala le encerró, colocó el tubo del aire y le enterró. Él solo deseaba no ser una carga. A oscuras se preguntaba: ¿Pero cuándo vendrá la condenada Parca?

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Y al otro lado de la ventana, nada de nada. Solo noche estrellada, adonde debo ir. Le pego dos golpes a la pecera. Abro la puerta. Escalo por la pared.  Saco la llave inglesa. Desatornillo el panel. Arreglo el empalme de unos cables.  Voy a por la llave pero volaba un par de metros atrás. Me estiro para cogerla. La pared me abandona. La cuerda de emergencia no la até bien. Ya no alcanzo ni la pared ni la llave. Me adentro en la noche. Me acuerdo de mi hijo. Me preguntaría porque en el espacio siempre es de noche.

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Y castiga sin postre al gigante. Así las gasta Doña Antonia cuando me porto mal. Me metió a la fuerza la cuchara en la boca a la vez que decía: “Esta por papá”. Yo respondí mordiéndole un dedo. Y ha sido benévola. Por lo que hice debería estar otros treinta años atado a esta silla. Espero que no esté tan enfadada como para no cambiarme los pañales.

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Yo la abrazaré bien fuerte y me la llevaré conmigo. Antes la veré con un collar rojo con el que estará preciosa. Se quedará escondida en el maletero del coche. El depósito está lleno.  Buscaré un lugar para que nadie nos pueda encontrar. Ya tendré preparada su cama, con vistas a la sierra. Llevo tiempo montando el plan y nadie lo sospecha. Creo que esta noche es la idónea. Antes también afilaré el cuchillo. No querría que me fallase en el momento clave.

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Jack y yo no solíamos hacerlo, así que estábamos alegres de apalizar a nuestros amigos al pádel. Más tarde fuimos a la sauna y al masaje. Comimos un espectacular almuerzo en el club de golf. Luego hierba y whisky.
Henry nos enseñó el nuevo aerocarrito. Su hijo era uno de esos voluntarios que viajan a la realidad para reparar alguna máquina. Tenía entendido que sus cerebros son transportados dentro de robots especializados en reparación. En el mundo virtual se dedicaba a diseñar nuevos prototipos que regalaba a Henry.
En una de las mesas de al lado me pareció oír una conversación sobre la Máquina. Algo filosófico sobre que si el hombre debería mandar al hombre. Sus dos compañeros asentían con la cabeza. Más tarde se fueron. Yo continuaba charlando con mis amigos. Vi andar al filósofo a lo lejos. Entonces fue cuando su imagen tembló y desapareció al instante siguiente. No había visto nunca algo así. No me parecía un mecánico como el hijo de Henry. Habría sido la Máquina. Ella decidía por nosotros. Para el bien mayor debía desconectar aquel cerebro. Celebré con la copa en alto un día más del gobierno de la Máquina.

martes, 19 de agosto de 2014

Relato de terror: Ratas

Una plaga de ratas enormes asolaba la ciudad. Nadie sabía de dónde surgieron pero atacaban los contenedores, se colaban dentro de bolsas de basura y llenaban de porquería las calles. Paseaba de camino a casa de madrugada cansado de trabajar. Pateaba algún papel o un envoltorio mientras atravesaba una solitaria calle. Las luces se apagaron. En casas y farolas no se veía ni una lucecita. No ayudaba la luna en cuarto menguante y escondida tras nubes. Algo se movió tras de mí. Supuse que era una de esas alimañas. Tenía miedo de andar hacía adelante. Con mi móvil pude alumbrar pobre y brevemente lo que había enfrente de mí. Fui andando con cautela. En cinco minutos o más alcanzaría mi portal. Pensé que no era normal el apagón; que quizá alguna maldita rata mordió algún cable y se me quedó en la cabeza una imagen de uno de esos bichos quemado y humeante.

Un coche apareció y con sus faros me cegó. Pude ver, cuando me acostumbré al golpe lumínico, que en la acera de enfrente paseaban alegremente unas seis o siete ratas. Las luces pasaron por mi lado como una estrella fugaz, marchándose hasta el final de la calle. Con mi móvil intenté alumbrar la otra orilla de la calle pero ya no vi nada. Iluminé tras de mí y me encontré con una. Me dio un escalofrío. No parecía asustada. Sus ojitos brillaban como perlas negras. Otra más pequeña apareció por su lado; olisqueando el suelo. Entonces empecé a alumbrar mi alrededor y descubrí que me estaban rodeando. Continué mi camino. Esta vez andaba más deprisa. Las farolas empezaron a parpadear. Quizás estuvieran restableciendo la electricidad. Escuchaba extraños soniditos de esas peludas por todas partes. Aprovechando un leve espacio de tiempo en que había luz, eché una mirada a mi espalda. Más de tres docenas de bichejos estaban en mi misma acera. Algunas me prestaban atención y otras solo olisqueaban. La luz se perdió de nuevo. Un bordillo que no había visto me hizo la zancadilla pero logré recuperar el equilibrio. Entonces anduve calle abajo. Me angustiaba saber que tenía tanto bicho atrás de mí. Mis manos iban por delante por si me caía o había algo delante. Me divertía pensar que andaba como un zombi. Con el pie encontré donde terminaba la calle y era la señal para girar a mi derecha. Continué por aquella calle pero me atropelló un coche aparcado. Me reí de lo estúpido que debía parecer. Un agudo chillido me espantó. Nunca oí gritar a una rata y ni siquiera sabía si era posible que proviniese de alguna de ellas. Fui rodeando el coche mientras lo palpaba. Caminé por la calzada, por donde me encontraría menos obstáculos. Si viniese algún coche, vería enseguida las luces. Algo pasó por mi derecha y luego algo que chilló; lo había pisado sin querer con mi pie izquierdo. Preferí no iluminar con el móvil; solo continué. Las farolas parpadearon de nuevo pero no quise mirar bajo mis pies. Vi por unos segundos que aquella calle no era la que debía haber girado. Era el callejón que había justo antes de llegar a mi calle. Un anuncio de un refresco me cerraba el paso.

Me di la vuelta para dar marcha atrás. Otro bordillo me trastabilló, di dos pasos rápidos pero acabé cayendo de lado. Me golpeé la cabeza contra el tapacubos de un neumático. Me quedé brevemente atontado. Algo se me subió a la pierna. Otra cosa se metió por la manga de mi sudadera. Me mordió a la altura del codo. Agité el brazo salvajemente mientras gritaba. La rata debió salir volando contra alguna pared o eso deseaba. Otra peluda me mordió bajo la lengüeta de la zapatilla. Otra me saltó al cuello pero no me hizo nada. Otra se me subió encima de mi paquete. Me puse en pie muy rápido. Un tumulto de ratas gemía. Corrí adonde creí que no había nada con lo que chocarme. Mientras galopaba agarré e iluminé con el móvil para poder orientarme de nuevo. Choqué contra alguien. Mientras caía de culo vi una silueta de un hombre robusto. La luna se dejó ver unos instantes. Los ojitos de las ratas brillaban mientras observaban con devoción a aquella sombra. Un quejido lejano de hombre me asustó. Diría que solté un taco.
—Esta vez no nos desterrareis tan fácilmente —dijo la voz de un joven que provenía de la oscura figura—. Os llevaré adonde he estado llorando todo este tiempo.

No podía parpadear. Me moví hacia atrás arrastrando mi trasero por el áspero asfalto. Lo sentí aun llevando tejanos. El oscuro hizo un gesto con su brazo derecho, como un guardia urbano dando paso. Entonces las ratas se abalanzaron sobre mí. Eran muchas. Me mordían, me rodeaban, me inundaban. Algunas eran muy grandes; notaba su peso cuando se movían sobre mi cuerpo. Rodé por el suelo, como el que está en llamas. Aun así volvían. Una me mordió en el labio, otra en la oreja, otra en la papada y una pretendía arrancarme el pulgar de la mano izquierda. Los tejanos me libraban de mordiscos en las piernas pero una peluda pequeña se coló por dentro. Me agité salvajemente pero regresaban sin remedio. Solo conseguía cansarme. Escuché más gritos lejanos de personas.

Me quedé bocabajo tapándome la cabeza con los brazos. Intenté recordar alguna oración aunque no había sido yo de ir mucho a la iglesia. La herida del labio era profunda. Me escocía y dolía bastante. Una luz parpadeó. Las ratas pararon momentáneamente. Las farolas se encendieron y permanecieron así. Los animalitos se marcharon apresuradamente, como si hubiesen recordado que debían hacer un recado. Me incorporé y miré a mi alrededor. No había ni una rata ni la sombra. Vi un rabo que se escondía debajo de un coche. La luz se apagó un instante y se volvió a encender. Me levanté adolorido, corrí tanto como podía, ni siquiera sabía que pudiera correr tanto, y llegué a mi calle.

Mientras corría me di cuenta que no escuchaba nada. Solo notaba el rápido latir de mi corazón y el hervor de las decenas de heridas. Un silencio reinaba en la calle como nunca había oído. Entonces un estruendo me hizo rotar el cuello. Un contenedor cayó de lado. Entre la penumbra salió un ejemplar enorme de rata dando una voltereta. Era tan grande como un pastor alemán, aunque más gorda y repugnante. Era gris oscura con algo de marrón. Se dio cuenta de mi presencia y se le erizó el lomo. Me fui a la acera contraria de donde ella estaba. La bestia clavó la mirada en mí y enseñaba la dentadura. Veía a lo lejos mi portal. La luz se fue. Oía como la panza de la gorda chocaba contra el suelo mientras me perseguía. No supe si fue mi imaginación o no pero diría que iban detrás algunas pequeñas peludas también. Alcancé la puerta. Busqué las llaves en el bolsillo. Las manos me temblaban. El llavero golpeaba la puerta mientras encauzaba la llave en el ojo de la cerradura. Estaban muy cerca. Di unas patadas al aire. Intercepté algo que se quejó. Sonreí por un instante. Abrí la puerta, solo lo justo, para que entrase de lado por el resquicio. Cerré y noté un gran alivio. Algo chocó por fuera y oí el ruido de unas uñitas rascando la madera. Las ratas gemían insatisfechas.

Me aseguré que no hubiese ninguna puerta ni ventana abiertas. Le di a un par de interruptores pero nada se encendía. Subí a mi cuarto, abrí el armario y saqué la ropa que mi brazo pudo abarcar. La eché sobre la cama. Entré en el armario, cerré la puerta y me senté en el suelo. Intenté recordar aquella oración. La recité mental y torpemente. La repetí unas cinco veces. Se me puso un nudo en la garganta y gimoteaba. Algo me incomodaba. Algo estaba fuera de lugar. Entonces alguien dijo:
—¿Es aquí donde vienes a llorar?

viernes, 21 de febrero de 2014

Minirelato: Curación

El extranjero posó sus largos y finos dedos en frente y sien del capitán. Entonces proyectó en su mente una serie de imágenes de varias zonas del planeta.

            —Aquello que enferma y no puede recuperarse por si mismo, pide ayuda, llama a un doctor. Yo soy el doctor—. El hombre vio ciudades repletas de gente, terremotos, erupciones de volcanes, grandes extensiones de bosques taladas… —Cuando llegué realicé mi diagnóstico. Pensé en reeducaros pero no vi futuro en ello. Así que decidí proceder a la desinfección total. ¿Responde eso a tu pregunta?

El visitante separó los dedos del militar. Este ya no vio más imágenes en su mente, volvió al desierto gris, salpicado de chatarra y muerte. Le llegaba aún el olor a pólvora. Echó la vista atrás, sin encontrar superviviente alguno. Alzó la vista, cruzó miradas con aquel ser que le hablaba con telepatía y asintió para responderle. El doctor dirigió la palma de su mano a la cabeza del arrodillado. Proyectó una luz azul que traspasó la cabeza rapada. El capitán cayó de lado y sin vida contra el cemento. El visitante pensó: ”Desinfección finalizada”.

Minirelato: No me dejan dormir

Soñaba con mi primo Pedro cuando le clavó una piedra afilada a un sapo y este se calló, pero los papas hablan muy fuerte y me han despertado. La voz de mamá es chillona y papá no habla tan fuerte pero da golpes a algo. Ahora se han callado pero mamá hace ruidos raros. Me bajo de la cama y voy a ver qué le pasa; si no mañana me dormiré en clase y la señu se enfadara.  

            —¿Por qué está papá durmiendo en el suelo?
            —¿Eh? Pues, hoy quiere dormir ahí.
            —Tiene la cabeza mojada y el suelo también.
            —No te preocupes, cariño. Vuelve a dormir.

Como ya no hay ruido me vuelvo a mi cuarto. En medio del pasillo escucho a mamá. Parece que llora. Me toman por tonto, a mí que ya llego al cajón de los cubiertos. Cuando estoy casi dormido oigo a mamá arrastrando algo. Como haría Pedro, le clavo un cuchillo por la espalda mientras llevaba a papá dormido por el pasillo. Mamá chilla y me mira. Se cae y queda dormida en el suelo. A ver si ahora puedo dormir.

jueves, 25 de julio de 2013

Relato fantástico: En las entrañas

Un monje caminaba por un bosque del reino de Chu, pateando la hojarasca que el otoño trajo. Contemplaba los árboles altos y los pájaros cantores. Perdió el equilibrio de un pie al hundirse más allá del suelo. Estiró los brazos hacía delante y su otra pierna hacía atrás. Su cuerpo quedó colgando como un puente sobre una gran obertura que apareció en el suelo. En el fondo de aquel agujero esperaban, ansiosas de sangre, cañas de bambú clavadas en el suelo y cortadas con forma puntiaguda. Donde se apoyaba el hombre no era firme y luchaba por salir de allí mientras iba cayendo tierra al fondo del agujero. Una mano se agarró a unos hierbajos arraigados y la otra resbalaba por la tierra. Una cuchilla cayó de las alturas que se clavaron en la mano que agarraba y le obligó a abrirla. Hizo una mueca de dolor pero no lanzó ni un quejido. Él consiguió desclavarse del suelo, sujetarse a un saliente rocoso y, mediante una voltereta poco ortodoxa, llegó a tierra firme por un lateral de la trampa. Con una acrobacia se puso en pie; en posición de defensa. Buscaba en las alturas de donde cayó aquella hoja metálica. Solo escuchaba el viento silbando entre las ramas y el sol en el horizonte del oeste le cegaba.

Se sacó la cuchilla del dorso de la mano, se giró a su espalda y la lanzó contra un hombre que se abalanzaba contra él. Este la golpeó con su espada y se perdió entre la hojarasca. Mandó un par de estocadas y tajos contra el monje pero él los esquivó con gran agilidad. Finalmente el hombre rapado saltó hacia un tronco, se apoyó con un pie y alcanzó una rama en lo alto. Con ello perdió una sandalia y el viento hizo bailar su kesa marrón claro. Desde allí observó a su adversario. Vestía un traje de batalla con protecciones de cuero negro, una larga melena negra con coleta y un bigote largo que llegaba a la comisura de sus labios.
            —Ukin Dah Po, ¿verdad? ¿Qué puede querer un asesino tan famoso de un simple monje como yo?

El monje recordó lo que contaban de él. Ukin Dah Po era un célebre asesino de aquella zona. El rey ofreció una gran recompensa por su cabeza pero pocos se aventuraron a conseguirla. Se decía que solo podías verle si él te encontraba a ti, pero él solo buscaba a alguien con información sobre algo que perseguía. Si no quedaba complacido con lo que le contaban, los aniquilaba. Todos tenían miedo de cualquier extranjero que fuese preguntando. Se tenía una ligera idea de su descripción pero eran solo rumores.


Ukin le miró sin parpadear. Hizo un gesto con la mano. Aparecieron cuatro hombres de negro con sombrero picudo que habían permanecido ocultos en el bosque. Uno lanzó cuchillas que se clavaron en la rama, ya que el monje las esquivó con un salto. Otro saltó y le golpeó con la pierna en el aire en su costado. El saltarín cayó al suelo pero se incorporó rápido. Dos hombres lo atacaron allí, con puños y pies. El monje rapado se defendía con su arte marcial y gran soltura, y el asesino permanecía atento al combate. Un pie sin sandalia golpeó en el pecho a uno de los hombres de negro. Cayó al foso y el bambú lo silenció. El monje marrón consiguió una rama del suelo con la que pudo lidiar con el resto de sus asaltantes. Noqueó a otro con un fuerte ramazo. Luchó con los otros dos con gran maestría durante un rato largo, hasta que consiguió zafarse de ellos dejándolos inconscientes en el suelo. Ukin seguía en el mismo lugar. Por un momento le vino el recuerdo de su esposa en una escena cotidiana. Le servía un cucharón de sopa en un cuenco. Él esperaba ansioso comenzar a tomar la sopa y su delicioso aroma invadió su nariz.
         —Estaba seguro de que eras tú —le dijo señalando al monje con su espada.
La hoja de esta se enrojeció con llamas que ondulaban sobre ella.

El asesino se lanzó contra él a espadazos.  El monje seguía esquivándole sin problemas y contraatacando con la rama. El fuego de la espada hizo arder las hojas del suelo, algún tronco que fue golpeado y la rama del monje. Comenzaba a anochecer pero las llamas iluminaron tenuemente el duelo. Se esparció el humo gris y el olor a hojas quemadas. Ukin recibió un par de golpes de rama en cabeza y piernas. Tras decenas de tajos y estocadas, el asesino logró alcanzar su antebrazo derecho con la espada. El monje apenas gesticuló. La fea herida escupió sangre y fuego. Las llamas se expandían; rompían y quemaban trozos de piel. El rapado continuó atacando con la rama mientras el fuego alcanzaba su brazo. Cruzaron armas varias veces; midiendo sus fuerzas y descubriendo que eran parecidas.
            —¡Abandona tu cuerpo! ¡Muéstrate, maldito! —le gritó a un palmo de la cara al ardiente.
El monje bramó y una pequeña llamarada surgió de su boca. Ukin se apartó con un pequeño salto atrás. El hombre de fuego soltó el palo. Se quedó quieto, impasible mientras las llamas consumían rápidamente su cuerpo y sus ropas. Pedazos de piel derretida caían sobre las hojas quemadas.
            —¡Brujo bastardo! ¿Cuándo me dejaras en paz? —dijo con voz grave la negra criatura carbonizada que apareció tras extinguirse el fuego.
            —¡Hasta que me lo des! Cada vez eres más difícil de encontrar, pero siempre lo consigo.

Se irguió y alcanzó el triple de altura y anchura de lo que era el monje. Alzó el brazo y dejó caer su enorme puño. El brujo lo esquivó y un par de ataques más del enfurecido monstruo.
            —¿Cuantas veces más te tendré que matar, Ukin?
            —¡Ninguna más!
Le clavó la espada llameante en una pierna y salpicó sangre negra al suelo. Entonces el grandote sí bramó con fiereza. Después la extrajo con facilidad y la lanzó lejos de Ukin. Aporreó nervioso el suelo con sus manazas pero Ukin lograba escaparse de ellas. Hubo un momento que lo engañó y el asesino fue catapultado de un manotazo contra un tronco algo quemado. El bosque se incendiaba más a cada momento mientras el duelo continuaba.

El monstruo paró. Tanto él como Ukin recuperaban el aire.
            —Aunque quisiera no te lo podría devolver. Todo lo que como se queda dentro y me hace más grande. Aún tengo dentro todos tus cuerpos. ¿Cuantos van ya? ¿Diez?
            —Doce. ¡Y no serán trece!
           —No conozco nadie tan terco como tú. Fuiste una vez un samurai, un arquero, un obispo, incluso fuiste general, con un ejercito y todo, pero te engañé —se rió travieso.
            —Esta vez será mío, demonio.
Corrió hacía la espada. La recogió y se metió entre las llamas del bosque. El demonio lo persiguió. Se adentraron en donde el incendio era más intenso. Al grandote no le molestaban las llamas; corrían como ardillas por su piel negra. El humo negro le molestaba más y le impedía ver qué pasaba por el suelo. Con sus manazas apartaba los árboles con llamas y rescoldos de brasas. No podía encontrarle. De repente una cuchilla se clavó en su espalda. El demonio sintió una leve molestia y estiró el brazo para sacarse lo que para él era una astillita. Mientras lo hacía una caña de bambú afilada se clavó en su pierna. Eso lo molestó más. Entonces una lluvia de cuchillas y cañas le atacó por todas partes. Él agitaba sus manos a su alrededor esperando aplastar aquel molesto mosquito de tierra. Iba arrancándose todo aquello que le pinchaba. Se agachó mucho para poder ver por debajo del humo. Cuando tenía la nariz casi a ras de tierra, Ukin había trepado a un árbol muy alto. En la copa vio dónde debía aterrizar. Saltó desde allí blandiendo su espada y la hundió en la nuca del demonio. Escuchó un gran gruñido. La sacó y la clavó de nuevo. Nació un manantial de sangre negra.  Y volvió a sacarla y la hendió en la cabeza. Y lo repitió varias veces más. La criatura se fue debilitando y, entre quejidos, cayó desplomada al suelo.  No se movía y Ukin paseó su mano por la frente, quitándose el mar de sudor.


Bajó al suelo. Empujó por el lateral al demonio hasta que quedó el vientre a la vista. Clavó la espada en su pecho. Fue cortando, como con una sierra, y creó una ventana hasta la parte baja de la barriga deforme. Saltó al suelo un festival de sangre y tripas. También se encontró con algunos esqueletos que le resultaban familiares. Los fue sacando y amontonando en un lugar apartado. Buscaba en el cuello de cada uno de ellos. Acabó de rodillas, frente a las tripas demoníacas, explorando con sus manos. Al alba lo encontró. Era una piedra tallada blanca, con un grabado de la cara de una mujer. Formaba parte de un collar pero el resto se debió deshacer en sus entrañas. La talló su esposa, y al verla y tocarla, logró recordarla. La quería depositar en su tumba, dónde descansaba ella, hacía ya más de quinientos años.

Relato fantástico: Cambio de rumbo

Heiner tiró del abrefácil. Apareció un líquido previamente coloreado de amarillo. El lateral del plato de plástico estaba señalizado con las palabras: Sopa de pollo. Una cuchara se hundió en él. El líquido que capturó fue vertido en la boca del ingeniero.
            —¡JAX, noticias! —exclamó.
Sonó un doble sonido agudo en la sala de reuniones. En el centro de la mesa circular se reprodujo un holograma con el canal de noticias. El presentador vestido de traje gris hablaba sobre el descubrimiento de un nuevo mineral encontrado en una luna de Buorihen. Otra cucharada. Después hablaron de una investigación llevada a cabo por la Guardia Espacial sobre algo que denominaron "virus espacial". Fue descubierto tras la desaparición de varias naves de carga y una de la Guardia en el cuadrante B2 de Caul Segan. La cuchara permaneció llena a un dedo de la boca. El presentador hablaba de una nube verdosa que se expandía de forma alarmante. Contó que las autoridades recomendaban no circular por las inmediaciones.
            —¡JAX, llama al capitán!
Doble pitido. Heiner tragó lo de la cuchara. Se abrió un cubo holográfico en el aire. Apareció en él la cabeza del capitán. Aparentaba estar desnudo de cuello para abajo.
            —Heiner, ¿qué pasa? —dijo con desgana.
            —¡Capitán, tenemos que cambiar de rumbo! ¿Ha visto las noticias?
            —¿Qué dices? ¿Qué ha pasado?
            —¡Un virus espacial! ¡En nuestra ruta! ¡Venga a la sala a verlo en las noticias!
            —¡Joder! ¿Porque siempre gritas tanto? —Cerró los ojos con fuerza unos instantes—. Ahora bajo.
El cubo se dividió en pequeñísimos cubos hasta desaparecer todos por completo.

Una puerta de la sala se abrió automáticamente. Apareció el capitán bien uniformado. Se sentó enfrente de Heiner mientras este se acababa la sopa.
            —JAX, cerveza —pidió el capitán.
Doble pitido. El ingeniero subió las cejas y miró para un lado donde no había nadie. Los raíles del techo empezaron a moverse. El canal emitía un resumen de la carrera de ultramotos en Beiri.
            —¿Qué es eso del virus? —le preguntó al ingeniero.
            —En el cuadrante B2 de Caul Segan hay un virus. Desaparecen naves por allí. Han dicho que las autoridades recomiendan no pasar por allí.
            —Pero si apenas pasamos cerca... ¿Qué sabemos del virus? ¿Has llamado a Rose?
Un brazo mecánico entró en la sala. Descendió del techo depositando con suavidad y precisión en la mesa blanca una jarra de cerveza rubia delante del capitán.
            —No.
            —JAX, ordena a la doctora que se presente en la sala.
Bip, bip. El capitán pegó un trago.


Se abrió otra de las puertas. Entró la doctora ajustándose las gafas. Se acercó al capitán.
            —¿Sí, Tom?
            —¿Qué sabes sobre virus espaciales?
Rose se quedó extrañada. Miró un momento a Heiner.
            —No conozco nada sobre algo parecido.
            —Las noticias cuentan que hay un virus espacial en forma de nube verde en el que desaparecen naves. Vamos a pasar cerca de él —explicó el ingeniero.
            —No entiendo el problema. Esta nave es tan hermética como cualquier otra. No hay peligro de que entren virus. Supongo que si atravesamos ese virus y quedase impregnado en el exterior de la nave, las autoridades deberán confinarnos en cuarentena en la estación de destino.
            —¡No! ¿Más tiempo en esta lata? ¡Joder! —se quejó el capitán. Se acabó la jarra. Con la manga se secó el bigote.
            —¿Ha infectado a alguien ese virus?
            —No han dicho nada.
            —¿Entonces porqué lo llaman virus?
El cubo holográfico apareció. Esta vez era el piloto.
            —¡Capitán! Los sensores de la nave han enloquecido desde que atravesamos la nebulosa.
            —¿Nebulosa?
            —¡Sí, señor! Por las ventanas solo se puede ver una especie de humo verdoso.
Heiner se levantó del asiento. Pulsó un botón en la pared. Se abrió un ventanal. Desde allí solían ver negrura adornada con puntitos brillantes. En ese momento solo apreciaban un humo espeso verde oscuro. El cristal del exterior se estaba deteriorando. Perdía su transparencia y se veía en él manchas blancas. Se encendió en el techo una luz roja intermitente que bañaba por completo la sala blanca. Un pitido grave y molesto sonaba repetidamente. Por megafonía se pudo escuchar una voz robótica que decía:
            —¡Alerta! Fallo en la estructura de la nave. La integridad se ve afectada por un agente exterior.
            —¡Joder! ¿Qué pasa? ¡Johnson! ¡Cambio de rumbo! —le gritó a la cabeza holográfica.
            —¡Si, señor! ¿Coordenadas?
            —Dirección opuesta al cuadrante B2 de Caul Segan.
            —¿Coordenadas KH5, TY7?
            —¡Esas mismas! Pero rápido. ¡A toda velocidad!
            —¡Entendido, señor!
El joven piloto desapareció en múltiples cubitos.
            —JAX, obstruye las ventanas.
Bip, bip.
            —Esto no es un virus, es un gas corrosivo —contó Heiner mirando al exterior mientras se cerraba la compuerta.
            —Nos deshacemos como un efervescente en agua —dijo la doctora agarrándose los codos.

En la sala los minutos se alargaban. Todos esperaban que se apagara la alarma en cualquier momento. Extraños ruidos del exterior les inquietaban. Las paredes temblaban ligeramente debido a la alta velocidad. El pitido cesó. La luz roja se apagó.
            —La estructura está fuera de peligro —notificó JAX.
            —Solo faltaba esto; que me matase una nube —bufó y soltó aliviado el capitán.
            —¡JAX, realiza un informe de daños! ¡Mándamelo a mi pulsera! —gritó el ingeniero.
Bip, bip.
            —¿Vas a salir ahí fuera? —preguntó Rose.
            —¡Sí! Quiero comprobar cuanto antes que todo esté bien.
            —Pues abrígate. No vaya a ser que cojas un virus.
Rose sonrió. El capitán rió con fuerza. Heiner se quedó serio. Se marchó de la sala. Para él era muy pronto para bromear sobre el tema.

Una hora más tarde el capitán escudriñaba mapas estelares para encontrar un buen rumbo y que la entrega de la mercancía que transportaban no llegase demasiado tarde. Una luz roja e intermitente lo sobresaltó. Un pitido molesto le acompañaba.
            —¡Alerta! Fallo en la estructura de la nave —comentó JAX.
            —¿Otra vez? JAX, ponme con Johnson.
Bip, bip.
            —¡Capitán! —apareció una cabeza ante él.
            —¿Qué ocurre, Johnson?
            —La nube. Nos ha perseguido y nos alcanza.
            —¡¿Que nos persigue?! ¿Está seguro?
            —Los sensores no funcionan correctamente pero los datos indican eso; aunque sé que parece una locura...
Rose entró en la sala asustada.
            —¡Haga lo imposible por escapar de esta maldita nube!
            —¡Sí, señor!
La cabeza holográfica desapareció.
            —¿Ha vuelto el gas? —preguntó la doctora.
            —No sé ya si es gas, virus o pesadilla.
            —Heiner. ¡Aún está fuera!
El capitán la contempló. Pulsó un botón en la pared. Apareció la ventana y afuera la niebla verdosa. Tom y Rose se acercaron. Buscaban en el interior a su compañero.
            —JAX, contacta con Heiner.
Bip, Bip. Bip
            —El ingeniero Joseph Heiner no responde. No detecto su pulsera —dijo JAX.
La luz roja se apagó. El pitido también. La nube se diluía por momentos.  El piloto varió de nuevo el rumbo y parecía funcionar. Dejaron atrás a la pesadilla.


El capitán se acercó a la puerta exterior. Faltaba el traje espacial de Reiner. Se asomó al ventanuco y solo vio un trozo del cable de seguridad en el exterior. No había ni un trocito de Heiner ni de su traje. Tampoco había ni rastro de la maldita nube verde. Joseph Heiner solía hablar muy alto pero era el mejor ingeniero que el capitán había conocido.